sábado, 12 de agosto de 2017

La perfección

Andrea Navagiero, humanista, embajador de la República de Venecia ante Carlos I entre 1525 y 1528, les descubrió a los grandes líricos españoles Juan Boscán y Garcilaso de la Vega el verso endecasílabo –y, con él, el soneto y la lira–, usado entonces en Italia. Fue un comienzo del Renacimiento en la poesía española. Adoptar la nueva estética significó una renovación tal de la lírica tradicional castellana –más conceptista y medieval–, que la tornó moderna. La tendencia continuó, esplendorosa, en las obras de fray Luis de León, Fernando de Herrera, Gutierre de Cetina, y otros poetas, quienes perfilaron, encaminándose ya hacia el XVII (siglo que sería el de los líricos del Barroco, Góngora, Lope de Vega, Quevedo…), uno de los momentos en que nuestra lengua llegó a su máximo esplendor.

Es familiar esta historia, al menos para los conocedores de nuestra poesía y de nuestra cultura; pero hay otra, que también nos regala el XVI, y que quizás sea menos conocida, aunque sublima, a su vez, la hermosura en ese siglo bienaventurado, melódico y armónico: la de la música. Tomás Luis de Victoria (1548-1611), el mayor músico español de todos los tiempos, nació en Ávila, por lo que su formación fue castellana, al amparo del coro catedralicio de aquella ciudad, pero también italiana, pues ingresó al Collegium Germanicum de Roma en 1565, y permaneció en la Ciudad Eterna durante veinte años. Le debemos una obra polifónica monumental, intensa, tan espiritualmente profunda que incluso a día de hoy nos confunde, nos amilana, nos deja transidos y nos eleva a una altura interior de tal calado que raya la enormidad.

En un libro excelente, de minuciosa documentación y prosa exhaustiva (‘Tomás Luis de Victoria, pasión por la música’, Institución Gran Duque de Alba, Diputación Provincial de Ávila, 2008), Ana María Sabe Andreu nos colma de datos sobre la música y sobre la vida del abulense.

En 1605, dos años después de fallecer la emperatriz María de Austria, de quien Tomás había sido capellán personal desde 1586 en el convento de las Descalzas Reales de Madrid, donde había ingresado aquella al enviudar, le dedicó a la difunta la que habría de ser su última obra, "Officium Defunctorum, sex vocibus, in obitu et obsequiis sacrae imperatricis": es el Réquiem, y roza la perfección.

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