domingo, 30 de julio de 2017

Chernóbil

Hace poco terminé uno de los libros más tristes que he leído en mi vida. En él se muestran los múltiples dramas personales producidos entre la población de Ucrania y Bielorrusia por la explosión de un reactor en la central nuclear de Chernóbil en 1986. La Unión Soviética fue incapaz de controlar aquella tragedia, primero por pura incompetencia y desprecio hacia los conocimientos técnicos y por un terrible desinterés negligente, y, segundo, por una visión del mundo plegada a los intereses del Partido y del Estado, situándolos por encima de los de las personas. Tuve la oportunidad de comprobar por mí mismo cómo la URSS minimizaba aquel gravísimo incidente en una mesa redonda a la que asistí en Évry (París) durante las sesiones de la convención del END (European Nuclear Disarmament) pocos meses después del accidente. En su intervención, un destacado miembro del PCUS quiso aleccionarnos sobre sus casi nulas consecuencias y sobre la extraordinaria capacidad de reacción del pueblo soviético para manejar la desgracia, en la que, por supuesto, habían tenido mucho que ver las potencias occidentales. Todo mentiras, las mismas que corroían un sistema al que le quedaban pocos años de vida como tal, aunque ese mismo espíritu se perpetúe en la Rusia actual con otros colores políticos pero con actitudes muy parecidas.

Por Voces de Chernóbil, 1997 (Debolsillo, 2015), de Sevetlana Aleksiévich, Premio Nobel de Literatura en 2015, desfilan viudas de bomberos o de “voluntarios”, niños con terribles malformaciones, médicos, ingenieros o físicos humillados e ignorados, periodistas silenciados, maestros abochornados, campesinos y obreros engañados y maltratados hasta la saciedad, e incluso responsables políticos cesados por ser solidarios y humanos. Entre todos crean un mosaico que entristece e indigna a la vez, mientras muestran cómo les golpeaba la “desgracia” y cómo había ciudadanos de dos clases, según fueran, o no, miembros del Partido. Aleksiévich reproduce las declaraciones de forma extremadamente realista e incluye acotaciones con llantos e imprecaciones para darle forma a un documento estremecedor que muestra cómo la vida, no solo la humana, había dejado de ser prioridad para un sistema deshumanizado hasta la médula.

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