jueves, 6 de julio de 2017

Blasco Ibáñez

A veces vuelvo a Blasco Ibáñez. Es un escritor que, sin aspavientos, puede alegrarle a uno la lectura cuando menos se lo espera. Por eso, lo utilizo como comodín entre etapas lectoras, y cumple muy bien su papel. Denostado por los componentes de la Generación del 98 (tal vez no sin razón), fue un prolífico escritor, pero sus novelas no son grandes obras ni títulos relevantes de la literatura española. Cañas y barro, la más conocida, no es la mejor de ellas; tampoco La barraca. Tal honor lo ostenta, desde mi punto de vista, Los cuatro jinetes del Apocalipsis, un novelón que quiere estar a la altura de los grandes títulos europeos del siglo XIX, pero que fue escrito en el XX; tiene como escenarios Francia y la Primera Guerra Mundial, cuyos frentes conoció el escritor valenciano cuando ejerció como reportero.

Blasco Ibáñez fue, en lo político, republicano convencido. En lo social, progresista y anticlerical, adscrito a la masonería. En lo literario practicó el naturalismo un poco a destiempo, fue costumbrista regionalista, e, incluso, escritor “social”. Pero, sobre todo, hay que considerarle autor de lo que hoy llamaríamos best sellers, novelas por encargo, que le hicieron rico y famoso, especialmente en EE.UU., pues Hollywood llevó al cine, con notable éxito, Los cuatro jinetes del Apocalipsis y Sangre y arena, a cuya popularidad seguramente no fue ajeno su protagonista, Rodolfo Valentino.

Puede decirse que a Blasco Ibáñez le iban todos los subgéneros novelísticos, siempre que el editor pagara lo convenido. Se trata, por lo tanto, de un autor muy moderno, porque esto es exactamente lo que hacen los escritores de moda en la actualidad, sin que la calidad literaria sea su mayor motivo de preocupación, salvo honrosas excepciones. Pero, bueno, resulta entretenido y su narrativa es, vamos a decir, eficaz, aunque un poco sosa. Es curioso el hecho de que notables progresistas de la vida real sean, luego, en su quehacer literario, notorios conservadores. Supongo que entre la bolsa y la vida hay un cierto trecho.

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