martes, 4 de julio de 2017

'Antagonía'

Leer una gran novela es adentrarse en un cosmos. Más, si por “gran” entendemos que lo sea también en cantidad.

No se entendería lo que significa el género si no existiesen en toda su extensión obras maestras como el Ulises, de James Joyce (más de setecientas páginas), Guerra y paz, de Tolstoi (mil cuatrocientas), El hombre sin atributos, de Robert Musil (algo menos de dos mil), etc. Autores que, como Marcel Proust, marcaron una línea para la novela contemporánea tan difícil de continuar que se han quedado en casos únicos que engrandecen la historia del arte universal: En busca del tiempo perdido es y no es una única novela, porque siendo un conjunto de ellas (siete tomos y unas tres mil páginas en total), no es posible comprenderlas del todo por separado.

La utilitaria sociedad que, desde hace años, nos ha tocado en suerte, también en lo intelectual, no es proclive a la meditación, ni, por lo tanto, a la degustación de manjares cuya laboriosa y compleja cocina previa obliga a un consumo reposado y reflexivo, porque prefiere modelos de comida rápida, hamburguesas literarias en forma de micro relatos y otras hierbas, tan de moda y, en general, y salvo honrosas excepciones (pocas, muy pocas), de tan mínimo calado y tan superfluos como la comunidad que los demanda.

Y, sin embargo, existe en el ámbito de la narrativa española de finales del siglo XX un continuador-renovador del estilo proustiano, un escritor de gran calado, cuyas indicaciones de por dónde debería haber transitado el género en España, hasta la fecha, han caído en saco roto. Poco conocido del público e, incluso, poco estudiado por los expertos, Luis Goytisolo dedicó casi veinte años de su vida a escribir Antagonía, una tetralogía publicada entre 1973 y 1981: ‘Recuento’, ‘Los verdes de mayo hasta el mar’, ‘La cólera de Aquiles’ y ‘Teoría del conocimiento’, de la que existe una edición conjunta. Se trata de una obra difícil, exigente y, para más inri, larga (más de mil cien páginas), que, como era de esperar (y al igual que otras grandes obras españolas anteriores, las de Martín-Santos, Juan Benet y otros), y como así lo demuestra la sosa y repetitiva narrativa española actual, no creó escuela.

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