lunes, 19 de junio de 2017

'Viajes por España', de Pedro Antonio de Alarcón

En una hermosa y cuidadísima edición de 1907 (“Sucesores de Rivadeneyra”, Madrid), leo Viajes por España, de Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891). Es un libro digital, así que lo disfruto, pero sin tocarlo ni olerlo, que es lo malo de lo virtual. Del ilustre académico andaluz conocerá sin duda el lector su famosa narración ‘El clavo’, con cierto poso de Edgar Allan Poe. En este libro de viajes, empero, se propone seducir al lector y culturizarlo, bien que su sobrecarga ideológica hace recelar de ciertas interpretaciones, pues fue don Pedro hombre de colosales divergencias en el terreno de lo político que, con el tiempo, transformaría su inicial postura liberal en un conservadurismo monárquico bastante rancio que le llevará a añorar la esencia imperial castellana y a desdeñar el concepto de democracia por demasiado moderno.

Pero, aparte de esos, vamos a decir, desbarajustes, en el libro destacan, además de una elegante y brillantísima prosa, dos cuestiones de las que se puede extraer conocimiento.

Primera: la gran cantidad de datos históricos que aporta sobre lugares y edificios, que instruyen y decoran el relato de forma magistral. Y segunda: la exactitud con que refiere ciertos datos prácticos que excitan nuestra curiosidad. Ejemplos: Se felicita don Pedro, en el capítulo “Mi primer viaje a Toledo” (1858), de que el trayecto desde Madrid dure ¡tres horas! (¡qué diría si supiera que el Ave tarda hoy dieciocho minutos!). En 1878 Madrid “ya cuenta con 400.000 habitantes”, nos advierte en el capítulo “Dos días en Salamanca”, en el que también da fe de que el viaje en tren a la ciudad del Tormes, ese mismo año, cuesta, en primera, siete duros y se hace en dos fases, Madrid-Medina del Campo (siete horas y media) y Medina-Salamanca (tres horas y media: total Madrid-Salamanca: once horas, más una de espera en la estación del transbordo). También nos hace saber que “de Madrid a Valladolid hay treinta y cuatro leguas y pico, que se andan en veintitrés horas”, en este caso de diligencia (“De Madrid a Santander”, 1858). O que en 1863 la diligencia de Cáceres sale diariamente de la calle del Correo de Madrid a las siete y media de la tarde (“Una visita al monasterio de Yuste”); etc.

Créanme si les digo que nunca he visto tan de cerca el siglo XIX español como con estas descripciones de Pedro Antonio de Alarcón. Por algo se le ha adscrito, aunque sea solo parcialmente, al Realismo.

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