jueves, 25 de mayo de 2017

El rey Lear (o Harold Bloom)

No hace mucho tiempo descubrí que William Shakespeare es el centro del modelo de lecturas occidental y el eje sobre el que rota toda la cultura literaria universal. Y que, de entre todas las obras literarias que en el mundo han sido, la referencia inigualable, la de mayor fuerza, es La tragedia del rey Lear. El culpable de ello ha sido un libro tan políticamente correcto que se pasa de incorrecto, o al revés (prerrogativas de un autor que vende mucho y que es, a la vez, intelectualmente capaz): El canon occidental (Compactos Anagrama, edición de 2012), del crítico norteamericano Harold Bloom.

Mi decisión, después de tal apóstrofe, fue inmediata: volví a la lectura del dramaturgo de Stratford y sufrí con las vicisitudes del anciano rey Lear, que, vilipendiado por sus terribles hijas Regania y Gonerila -pese a que a quien él ha faltado en su deber de padre ha sido a la tercera, a Cordelia-, se constituye, de acuerdo con Bloom, en el personaje más apasionado de Shakespeare. Por supuesto, como en toda tragedia que se precie, no quedará ni el apuntador, según decir popular, pero, entretanto, las completas pasiones humanas han recorrido el texto con un fulgor inusitado, eterno, para dejarnos “con una sensación de haber sido arrojados hacia afuera y hacia abajo, hasta más allá de todos los valores, despojados de todo” (en el Canon, pág. 78).

En El rey Lear (vale decir, en Shakespeare), salvando, por supuesto, las distancias, están las bases de toda la ficción desde el siglo XVII. Están los dramas de Hollywood de los años cincuenta y los culebrones venezolanos de los ochenta; el teatro clásico y el cine de autor; la zarzuela, la ópera y la comedia musical; la novela decimonónica y el teatro del absurdo; los tebeos; las series cómicas de Antena 3, La casa de la pradera, El detective Columbo, Twin Peaks, House y CSI; el romanticismo, el costumbrismo, el realismo y el naturalismo; el psicoanálisis y el formalismo, las novelas de Solzhenitsyn y de Stephen King…

Es esto, al menos, lo que muy libremente hemos de aventurar (y más que no escribo, porque me haría eterno) tras la propuesta enmarañada y maximalista de Harold Bloom, que les invito a comprobar: lean El rey Lear (a ser posible en inglés) y luego me cuentan.

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