domingo, 7 de mayo de 2017

Azorín visita a Rubén Darío en La Arena

En 1905 un joven escritor visita a otro un poco mayor. Su periplo va de Madrid a Oviedo y, en tren, hasta la costa cantábrica. Con cierto gozo tenebrista describe el escritor, periodista y crítico literario, ya famoso entonces, su denso paseo ferroviario en busca del amigo: un túnel y un “valle ancho, verde, sombreado por pomaradas y castañares” o “los últimos rayos dorados del sol” que “se filtran entre los árboles”. Es levantino, de Alicante, y compara los paisajes tan distintos del Cantábrico y el Mediterráneo: el “largo, inextinguible, melancólico” oscurecer de su tierra no puede existir en una Asturias carente de “crepúsculos abrumadores”. Por eso, “de minuto en minuto cambian la coloración del paisaje, el contraste de la luz y de sombra, la diafanidad del ambiente”, y los rayos del sol caen “sobre el ancho cristal de un río” que, de repente, se ha convertido en “aguas negras”.

Ese río, el Nalón, es referencia importante del escritor que visita al colega. Hasta su destino, La Arena, José Martínez Ruiz, Azorín, que así se llama el viajero, respira las sombras telúricas de una Asturias ancestral y describe las profundas tinieblas de la desembocadura del río, las luces misteriosas que rielan “allá en la orilla remota”, mientras avista una casa en la que, sobre una lengua de arena que se adentra en las aguas, “veranea el poeta”, su amigo.

Hace unos años, después de un homenaje que se le tributó en Pravia al escritor Pepe Monteserín, estuvimos cerca de esos paisajes -a la vuelta de cien años, y de día- con el poeta langreano Ricardo Labra. Fue él quien avistó, paseando por la playa de Los Quebrantos, y pese a la luz de aquella jornada ventosa, de mar bronca y gris, el espectro de Rubén Darío, el cantor nicaragüense que inventó el Modernismo, y que veraneó alguna vez en la casa brumosa de La Arena a la que Azorín se encamina en este artículo que glosamos (“La Arena: El poeta en la noche”, en Los clásicos redivivos - Los clásicos futuros, colección Austral, nº 551, ed. 1973, pág. 143).

Tal vez aquella noche remota de los albores del siglo XX, después de que, a las diez en punto, el viajero despertara al poeta, la ría del Nalón fuera testigo de por qué el Modernismo de Rubén y el Noventa y Ocho de Azorín eran, son, dos caras de la misma moneda y, a lo mejor, un rudimento de las vanguardias.

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