viernes, 7 de abril de 2017

Jardiel Poncela

Enrique Jardiel Poncela (Madrid, 1901-1952) fue un autor prolífico. Perteneció, con Miguel Mihura y Edgar Neville, a la que llegó a ser definida como “la otra Generación del 27”. Tiene en su haber varias novelas y ensayos, muchas narraciones breves y escritos periodísticos, veintitrés guiones de cine y más de cuarenta obras dramáticas.

Para quienes peinamos canas fue uno de los autores con que nos divertimos, cuando éramos unos críos, en aquel extraordinario Estudio 1 de TVE, que facilitó incondicional amor al teatro a muchos de los componentes de mi generación. No fue un autor adorado y exhibido tras la dictadura del general Franco, porque, pese a su talante artístico renovador, pertenecía a un mundo mucho más en consonancia con el establishment, y aunque llegó a tener algunos problemas con la censura, estrenó mucho y se ganó bien la vida en aquella época infausta. Eso sí, también tuvo muchos pateos y críticas adversas, y la incomprensión de público y críticos, reacios a sus innovaciones, hizo que muriese arruinado y olvidado: sus últimos estrenos (ya muy enfermo de cáncer) fueron rotundos fracasos.

Creó un tipo de nueva comedia, de carácter europeísta, elegante y llena de un humor que se llegó a confundir con el del teatro del absurdo, aunque más bien fuese de lo inverosímil, según a él mismo le gustaba definirlo: militó contra el arte de minorías y dijo bien a las claras que “el autor que pretenda hacer Arte no debe olvidar los gustos del público”. Fue el suyo, en palabras de la profesora Mª José Conde Guerri, un teatro volcado hacia lo inverosímil para eludir una sórdida realidad: “la humanidad ronca pero el artista está en la obligación de hacerla soñar”, dejó dicho Jardiel.

Acordándome de los buenos ratos de Estudio 1, y aprovechando que la Editorial Biblioteca Nueva sacó hace pocos meses una edición digital de sus once comedias más representativas, releo algunas piezas que tenía enmohecidas desde hace años, y descubro, con Eloísa está debajo de un almendro (1940) o con Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1936), que el poder de la farsa y del humor son intemporales.

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