miércoles, 5 de abril de 2017

Benjamín Mateo

A Benjamín Mateo me lo dio a conocer, como tantas otras cosas literarias, el doctor Torrecilla, que fue mi pediatra. Leí los versos del poeta felguerino con cierta prevención durante la adolescencia, porque en aquella época disfrutaba más de las entrecortadas salmodias beatniks de Kerouac, Ginsberg, Corso o Ferlinghetti; así que no era fácil que un autor tan musical y poco gamberro como Mateo le llegara al alma a quien, como el mozalbete que era yo, presumía de empatía para con las travesuras de los beat, antesala del movimiento hippy.

En realidad, la poesía del obrero de La Felguera me llegó de verdad años más tarde, cuando, ya en los últimos cursos de la facultad de Filología, entreví los entresijos de la poesía modernista española, que no vivía sólo del nicaragüense Rubén Darío. Naturalmente, el redescubrimiento de Mateo fue por libre, puesto que no estaba, ni está, en los estudios reglados de Literatura Española.

Como bien suelen predicar los conocedores, con Torrecilla a la cabeza, la poesía de Mateo (que fue publicada por la Sociedad de Festejos San Pedro en 1973, con reimpresión en 1991, en una edición bastante deslavazada, en la que parece que no hay criterio filológico alguno a la hora de ordenar los poemas) trasluce un ingenuo humanismo cristiano. Pero, más allá de ciertas alabanzas a la Virgen candorosa de sus poemas menores, hay otros en los que predominan la carga social o la descripción poética de la realidad local. A destacar, sobre todo, la habilidad del poeta para la composición formal, porque Bejamín Mateo es un extraordinario versificador, cuyos sonetos, por ejemplo, poseen “alma”, que se revela a través de una métrica que resulta de dificilísima ejecución cuando no se quiere caer en el tópico o en el aburrimiento. El metalúrgico poeta sale con éxito de ella y el resultado es una poesía de extraordinaria belleza formal. No es un innovador, no podía serlo; él “copia” el estilo (a mi modo de ver, y sobre todo, del Modernismo), pero lo convierte en original con la varita mágica de su gran vocación, que lo eleva por encima de esa realidad obscena (en lo social y en lo político) que en los poetas famosos de la época había dado lugar a la poesía social.

La “vanguardia” felguerina, luego de este hermoso clásico de nuestras letras langreanas, tendría que esperar varios años. El nuevo nombre iba a ser Alberto Vega.

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