miércoles, 15 de marzo de 2017

Dostoyevski

En 1978 leí Crimen y castigo. Fue en uno de los tomos de las obras completas de Dostoyevski (Aguilar, 1964), en traducción del polígrafo andaluz Rafael Cansinos-Asséns, que me prestó el doctor Eugenio Torrecilla: ¡qué diferente, pero cuán idéntica experiencia, pasar entonces las páginas impresas en papel biblia de aquel tomo inmenso y pasarlas ahora en una pantalla táctil mientras releo la gran novela rusa en edición electrónica!

Pero, la vuelta a Dostoyevski me trae un recuerdo muy grato. Un día de aquel mismo año recibí una nota, escrita a pluma con elegante caligrafía, firmada por el doctor Torrecilla. Era un tímido pedazo de papel, más pequeño que el que dedicaba a sus recetas médicas, en el que me citaba para el sábado siguiente, por la tarde, en su casa de los Siete Pisos de Sama. Tenía yo entonces quince o dieciséis años y me parecía que había un abismo temporal entre esos momentos y aquellos en los que don Eugenio me atendía como pediatra (¡qué ficticia la elongación temporal a esas edades, cuando todos sabemos, pasados los cincuenta, que el tiempo es espuma vaga que no dura!), así que tomé la cita con respeto y tímidamente me presenté en el piso de quien fuera fundador de la tertulia literaria de Langreo, de la que, poco después, orgullosamente formé parte.

En aquellas reuniones a dos de las tardes sabatinas, el doctor no solo me descubrió a Dostoyevski, sino también a Borges, a Leonidas Andreiev, la poesía de Juan Ramón Jiménez o la de Poe (ya conocía por mí mismo sus cuentos), y a muchos otros autores que, junto con los títulos de la infancia en que me había instruido mi padre (los debidos a Palacio Valdés, Dickens, Stevenson y un largo etcétera), fueron el inicio de mi devota fidelidad a la Literatura, sin la que hoy no podría sobrevivir.

Ningún tiempo pasado fue mejor, es cierto, pero, qué grato fue ese pasado, y de qué modo puede uno a veces añorar las primeras lecturas, las tardes de sábado, el papel biblia, la inocencia de un comienzo.

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