viernes, 17 de marzo de 2017

Apunte sobre "Falcó", de Arturo Pérez-Reverte

Desde hace años mantengo una relación de amor-odio con Arturo Pérez-Reverte (entiéndaseme: como lector).

Cuando era corresponsal de TVE por esos mundos en guerra yo era fan suyo y, luego, también cuando presentaba aquel programa que se llamaba “Código Uno” y que, todo hay que decirlo, amarilleaba un poco, pero que merecía ser perdonado porque salía la gran periodista de sucesos Margarita Landi.

Como escritor, firma Reverte dos o tres novelas extraordinarias (diríamos El pintor de batallas y La sombra del águila) y una serie novelística más que aceptable (la de Alatriste), pero el resto siempre me ha parecido que se hinchaban tanto al principio que, con el transcurso de los capítulos, acababan por estallar y convertirse en un bluf.

Todo esto viene a cuento, claro, porque no hace mucho tiempo que salió su última novela, Falcó (Alfaguara, 2016), una especie de engrudo narrativo que encandila, sí, desde el primer momento y que mantiene la tensión a lo largo de todas las páginas (es lo que tiene utilizar el trillado camino del folletín decimonónico sin darle una sola oportunidad a la innovación, con el honrado fin de ganarse las lentejas, no vaya a ser…), pero que termina dejándonos sabor a poco y que repite, como suelen las novelas de Reverte, ese quiero-y-no-puedo que ya me irrita un poco después de tantas veces (confieso que he leído todas sus novelas, incluida la serie completa de Alatriste).

Está claro que Falcó, chulo, “facha” como podía haber sido “rojo” (según su creador, aunque a mí no me lo parece), mujeriego y autosuficiente, y que pulula haciendo de espía y de matón en el contexto de la guerra civil, es un trasunto de quien hubiera querido ser nuestro murciano favorito. Por eso mismo hemos de tomarnos esta novela como el lujoso pasatiempo de un escritor que vende lo que quiere, publique lo que publique (como si publica firmada por él la guía telefónica, cosa que él mismo manifestó en una ocasión con la suficiencia que le caracteriza), pero que, mal que le pese, mal que nos pese, siempre ha sido mejor periodista que narrador.

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