miércoles, 16 de agosto de 2017

Los jóvenes

Es mediodía en el parque de Sama de Langreo (Asturias). El sol tímido del invierno deja que se asomen unas briznas de la primavera próxima. Los jardineros atruenan la mañana con una motosierra a la orilla del río. Hombres y mujeres vienen y van; al trabajo, al supermercado; del ambulatorio, de Hacienda. Es lunes de mercado, y eso significa que hay más movimiento en las calles y, por lo tanto, en el parque. Los jubilados, muchos de la minería, otros no, pasean sus años, su experiencia, su bonhomía, y, de vez en cuando, se detienen en animada tertulia en alguno de los bancos del paseo central.

Recuerda Arturo cuando a Antonio le dieron dos hostias frente al cine Felgueroso. Cuenta cómo pocos días antes le había tocado a él, y cuando su amigo y compañero del pozo Samuño más improperios lanzaba contra la Policía franquista, le predijo: “hoy vas a cobrar tú”. Y dicho y hecho, entonces mismo le cayeron dos hostias. “Nos decían que corriéramos. Pero Tonín era muy chuleta y no corrió. Mientras, yo no podía aguantar la risa pensando lo que le había dicho”. Le escuchan Chema y Francisco (mi padre), que también se ríen de buena gana.


Después de cuarenta años de democracia, llena de errores pero también de logros, estos caballeros de la mina (o de la piqueta), octogenarios que vivieron tiempos muy duros y que se dejaron la piel peleando, no solo por tener mejores condiciones laborales, sino también por que hubiera libertades cívicas para todos, mineros o no, están ahí, recordando, con sus achaques, con sus muchos años, pero con su vitalidad. Y cuando recuerdan –no es esta la única vez: lo hacen a menudo– aquellos tiempos negros, crueles y tristes, lo hacen con su mirada llena de vida, sin rencor, porque no piensan ni pensaron nunca en la revancha (de haberlo hecho no hubiera sido posible la llegada de la democracia). Les queda, sí, un poco de nostalgia, pero no de los tiempos malos, sino de la juventud perdida, y la aderezan con humor y con un optimismo vital que ya quisiéramos nosotros, los “jóvenes”.

sábado, 12 de agosto de 2017

La perfección

Andrea Navagiero, humanista, embajador de la República de Venecia ante Carlos I entre 1525 y 1528, les descubrió a los grandes líricos españoles Juan Boscán y Garcilaso de la Vega el verso endecasílabo –y, con él, el soneto y la lira–, usado entonces en Italia. Fue un comienzo del Renacimiento en la poesía española. Adoptar la nueva estética significó una renovación tal de la lírica tradicional castellana –más conceptista y medieval–, que la tornó moderna. La tendencia continuó, esplendorosa, en las obras de fray Luis de León, Fernando de Herrera, Gutierre de Cetina, y otros poetas, quienes perfilaron, encaminándose ya hacia el XVII (siglo que sería el de los líricos del Barroco, Góngora, Lope de Vega, Quevedo…), uno de los momentos en que nuestra lengua llegó a su máximo esplendor.

Es familiar esta historia, al menos para los conocedores de nuestra poesía y de nuestra cultura; pero hay otra, que también nos regala el XVI, y que quizás sea menos conocida, aunque sublima, a su vez, la hermosura en ese siglo bienaventurado, melódico y armónico: la de la música. Tomás Luis de Victoria (1548-1611), el mayor músico español de todos los tiempos, nació en Ávila, por lo que su formación fue castellana, al amparo del coro catedralicio de aquella ciudad, pero también italiana, pues ingresó al Collegium Germanicum de Roma en 1565, y permaneció en la Ciudad Eterna durante veinte años. Le debemos una obra polifónica monumental, intensa, tan espiritualmente profunda que incluso a día de hoy nos confunde, nos amilana, nos deja transidos y nos eleva a una altura interior de tal calado que raya la enormidad.

En un libro excelente, de minuciosa documentación y prosa exhaustiva (‘Tomás Luis de Victoria, pasión por la música’, Institución Gran Duque de Alba, Diputación Provincial de Ávila, 2008), Ana María Sabe Andreu nos colma de datos sobre la música y sobre la vida del abulense.

En 1605, dos años después de fallecer la emperatriz María de Austria, de quien Tomás había sido capellán personal desde 1586 en el convento de las Descalzas Reales de Madrid, donde había ingresado aquella al enviudar, le dedicó a la difunta la que habría de ser su última obra, "Officium Defunctorum, sex vocibus, in obitu et obsequiis sacrae imperatricis": es el Réquiem, y roza la perfección.

domingo, 30 de julio de 2017

Chernóbil

Hace poco terminé uno de los libros más tristes que he leído en mi vida. En él se muestran los múltiples dramas personales producidos entre la población de Ucrania y Bielorrusia por la explosión de un reactor en la central nuclear de Chernóbil en 1986. La Unión Soviética fue incapaz de controlar aquella tragedia, primero por pura incompetencia y desprecio hacia los conocimientos técnicos y por un terrible desinterés negligente, y, segundo, por una visión del mundo plegada a los intereses del Partido y del Estado, situándolos por encima de los de las personas. Tuve la oportunidad de comprobar por mí mismo cómo la URSS minimizaba aquel gravísimo incidente en una mesa redonda a la que asistí en Évry (París) durante las sesiones de la convención del END (European Nuclear Disarmament) pocos meses después del accidente. En su intervención, un destacado miembro del PCUS quiso aleccionarnos sobre sus casi nulas consecuencias y sobre la extraordinaria capacidad de reacción del pueblo soviético para manejar la desgracia, en la que, por supuesto, habían tenido mucho que ver las potencias occidentales. Todo mentiras, las mismas que corroían un sistema al que le quedaban pocos años de vida como tal, aunque ese mismo espíritu se perpetúe en la Rusia actual con otros colores políticos pero con actitudes muy parecidas.

Por Voces de Chernóbil, 1997 (Debolsillo, 2015), de Sevetlana Aleksiévich, Premio Nobel de Literatura en 2015, desfilan viudas de bomberos o de “voluntarios”, niños con terribles malformaciones, médicos, ingenieros o físicos humillados e ignorados, periodistas silenciados, maestros abochornados, campesinos y obreros engañados y maltratados hasta la saciedad, e incluso responsables políticos cesados por ser solidarios y humanos. Entre todos crean un mosaico que entristece e indigna a la vez, mientras muestran cómo les golpeaba la “desgracia” y cómo había ciudadanos de dos clases, según fueran, o no, miembros del Partido. Aleksiévich reproduce las declaraciones de forma extremadamente realista e incluye acotaciones con llantos e imprecaciones para darle forma a un documento estremecedor que muestra cómo la vida, no solo la humana, había dejado de ser prioridad para un sistema deshumanizado hasta la médula.

viernes, 21 de julio de 2017

Un poeta salmantino

Muy cerca de la plaza Mayor de Salamanca, en la de El Corrillo -verano de 1985-, había un viejo, barba luenga y canosa y cabellos al viento, sentado en una silla de camping frente a un tenderete con libros.

Remigio González Martín, ‘Adares’, era un poeta conocido de los suyos. Quizás un poeta sin suerte, como tantos, a la busca de la difusión de sus libros en el estío castellano; y allí estaban, al sol, aquellas portadas de libro artesanal, sin producción editorial ni marketing, hechas con el cariño de quien aspira a que lo lean, no a venderse. Aquellos ‘best-sellers’ castellanos me atrajeron, porque Adares, que se puso a departir amigablemente con nosotros, no era un viejo chocho ni un charlatán de feria, sino un hombre prudente y culto, con la piel curtida por los campos de Castilla, la mirada noble y altiva, el verbo profundo y dicharachero, que decía cosas muy atinadas y divulgaba su obra con dignidad.

Nos dio la mano al despedirnos y el amigo que me acompañaba y que me hacía de cicerone en la ciudad (a la que yo había llegado para asistir a un curso en su famosa Universidad), me regaló dos de los libros que exhibía: Disparates de mi lado izquierdo y La Barrila, que el poeta me dedicó y que, desde entonces, guardo como oro en paño en mi biblioteca.

Los versos de Adares son graznidos melódicos, como el chillido de los vencejos, y atesoran pedazos del alma castellana, vieja, aguerrida, curtida, que me recuerda -lo digo con cariño- a la sabrosa cecina leonesa, al recio chorizo de Guijuelo: poesía esteparia, llena de emoción, sublime y popular, transida del espíritu de hidalguía castellana venida a menos por los siglos de los siglos, trasnoche del espíritu del Lazarillo, versos de bodega, de mesón, para digerir con vino tinto áspero y eficaz.

Adares falleció en 2001 y en mi último viaje a la ciudad del Tormes le eché de menos en la plaza de El Corrillo, mientras recordaba con respeto aquella especie de espíritu de Castilla redivivo que, pese al transcurso del tiempo, todavía salta muchas veces de sus textos a mis ojos con una terrible fuerza agridulce.

jueves, 13 de julio de 2017

Exhibicionistas

En La literatura y el arte (Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1974), Vladimir Ilich Lenin exhibe la siguiente metáfora:
“La literatura debe ser ‘rueda y tornillo’ de un solo y gran mecanismo, puesto en movimiento por la vanguardia consciente de toda la clase obrera”.
Seguida, eso sí, de esta apostilla:
“Dice un proverbio que toda comparación cojea. También cojea mi comparación de la literatura con un tornillo y de un movimiento vivo con un mecanismo. Hasta saldrán por ahí, tal vez, intelectuales histéricos que armen alboroto a propósito de esta comparación, de la cual dirán que degrada, entorpece y ‘burocratiza’ la libre lucha ideológica, la libertad de crítica, la libertad de creación literaria. Sin duda, la labor literaria es la que menos se presta a la igualación mecánica, a la nivelación, al dominio de la mayoría sobre la minoría. Sin duda, en esta labor es necesario asegurar mayor campo a la iniciativa personal, a las inclinaciones individuales, al pensamiento y a la imaginación, a la forma y al contenido.”
Lo que a mí me interesa es la forma en sí, tanto de la metáfora como de la apostilla. “Rueda y tornillo”, engranaje. Mecanismo. Labor humana, artificio humano, con una técnica y con unos desarrollos, con una fuerza impulsora, la creatividad. Y, desde luego, y siempre, con un resultado.

Cuando un escritor se muestra ante los demás, ante la realidad, sus múltiples desnudeces lo dejan desvalido y es en ese desvalimiento en el que aparecen movimientos, actos, charlas, revistas, suplementos de periódicos, que son, a la vez, una salida, un ponerse a tiro de los demás, de los que no son escritores, de los que contemplan la realidad no como susceptible de ser literaturizada, sino como el devenir de lo cotidiano. Porque siempre ha habido quienes se ‘exponen’ ante los demás con ese afán exhibicionista que debe caracterizar a todo buen creador.

Y es que la realidad, los demás, casi siempre han sido la dulce traba que se nos opone y sin la que no existiríamos, no obstante su crueldad y el que castiguen a quien abunda en excentricidades, en visiones de las cosas que se salen de lo corriente. Como sostiene Juan Luis Alborg, toda literatura, incluida la realista, estará siempre basada en la “personalidad inalienable del artista que crea”.

jueves, 6 de julio de 2017

Blasco Ibáñez

A veces vuelvo a Blasco Ibáñez. Es un escritor que, sin aspavientos, puede alegrarle a uno la lectura cuando menos se lo espera. Por eso, lo utilizo como comodín entre etapas lectoras, y cumple muy bien su papel. Denostado por los componentes de la Generación del 98 (tal vez no sin razón), fue un prolífico escritor, pero sus novelas no son grandes obras ni títulos relevantes de la literatura española. Cañas y barro, la más conocida, no es la mejor de ellas; tampoco La barraca. Tal honor lo ostenta, desde mi punto de vista, Los cuatro jinetes del Apocalipsis, un novelón que quiere estar a la altura de los grandes títulos europeos del siglo XIX, pero que fue escrito en el XX; tiene como escenarios Francia y la Primera Guerra Mundial, cuyos frentes conoció el escritor valenciano cuando ejerció como reportero.

Blasco Ibáñez fue, en lo político, republicano convencido. En lo social, progresista y anticlerical, adscrito a la masonería. En lo literario practicó el naturalismo un poco a destiempo, fue costumbrista regionalista, e, incluso, escritor “social”. Pero, sobre todo, hay que considerarle autor de lo que hoy llamaríamos best sellers, novelas por encargo, que le hicieron rico y famoso, especialmente en EE.UU., pues Hollywood llevó al cine, con notable éxito, Los cuatro jinetes del Apocalipsis y Sangre y arena, a cuya popularidad seguramente no fue ajeno su protagonista, Rodolfo Valentino.

Puede decirse que a Blasco Ibáñez le iban todos los subgéneros novelísticos, siempre que el editor pagara lo convenido. Se trata, por lo tanto, de un autor muy moderno, porque esto es exactamente lo que hacen los escritores de moda en la actualidad, sin que la calidad literaria sea su mayor motivo de preocupación, salvo honrosas excepciones. Pero, bueno, resulta entretenido y su narrativa es, vamos a decir, eficaz, aunque un poco sosa. Es curioso el hecho de que notables progresistas de la vida real sean, luego, en su quehacer literario, notorios conservadores. Supongo que entre la bolsa y la vida hay un cierto trecho.

martes, 4 de julio de 2017

'Antagonía'

Leer una gran novela es adentrarse en un cosmos. Más, si por “gran” entendemos que lo sea también en cantidad.

No se entendería lo que significa el género si no existiesen en toda su extensión obras maestras como el Ulises, de James Joyce (más de setecientas páginas), Guerra y paz, de Tolstoi (mil cuatrocientas), El hombre sin atributos, de Robert Musil (algo menos de dos mil), etc. Autores que, como Marcel Proust, marcaron una línea para la novela contemporánea tan difícil de continuar que se han quedado en casos únicos que engrandecen la historia del arte universal: En busca del tiempo perdido es y no es una única novela, porque siendo un conjunto de ellas (siete tomos y unas tres mil páginas en total), no es posible comprenderlas del todo por separado.

La utilitaria sociedad que, desde hace años, nos ha tocado en suerte, también en lo intelectual, no es proclive a la meditación, ni, por lo tanto, a la degustación de manjares cuya laboriosa y compleja cocina previa obliga a un consumo reposado y reflexivo, porque prefiere modelos de comida rápida, hamburguesas literarias en forma de micro relatos y otras hierbas, tan de moda y, en general, y salvo honrosas excepciones (pocas, muy pocas), de tan mínimo calado y tan superfluos como la comunidad que los demanda.

Y, sin embargo, existe en el ámbito de la narrativa española de finales del siglo XX un continuador-renovador del estilo proustiano, un escritor de gran calado, cuyas indicaciones de por dónde debería haber transitado el género en España, hasta la fecha, han caído en saco roto. Poco conocido del público e, incluso, poco estudiado por los expertos, Luis Goytisolo dedicó casi veinte años de su vida a escribir Antagonía, una tetralogía publicada entre 1973 y 1981: ‘Recuento’, ‘Los verdes de mayo hasta el mar’, ‘La cólera de Aquiles’ y ‘Teoría del conocimiento’, de la que existe una edición conjunta. Se trata de una obra difícil, exigente y, para más inri, larga (más de mil cien páginas), que, como era de esperar (y al igual que otras grandes obras españolas anteriores, las de Martín-Santos, Juan Benet y otros), y como así lo demuestra la sosa y repetitiva narrativa española actual, no creó escuela.